Comentario de Proverbios

Hay quien todo el día codicia; pero el justo da, y no detiene su mano.

Todos los hombres no son iguales. Los hombres diligentes son mucho mejores que los perezosos. Dar es mucho mejor que codiciar. Los perezosos codician con avidez todo el tiempo; los hombres piadosos dan generosamente.

La diferencia entre los justos y los impíos es muy grande, e incluye tu ética de trabajo y caridad. Dios ve todas las partes de la vida, y los hombres piadosos son conscientes de los negocios y la caridad (Pr 15:3). ¿En qué categoría estás tú? ¿Entre el perezoso y el diligente?

Este proverbio está conectado con el anterior: “El deseo del perezoso le mata, porque sus manos no quieren trabajar” (Pr 21:25). El perezoso, aunque duerma o vague todo el tiempo, destruye su paz queriendo cosas que no puede tener, porque odia el trabajo. La codicia lo acosa día y noche; el envidiar a los demás le crea una angustia constante; pero, aún así, no trabajará.

El perezoso es de carácter corrupto y rebelde a la bondad de Dios. Es perverso por ser perezoso y codicioso, dos opuestos. Mientras la pereza lo mata de hambre, su codicia lo corroe. Desafía la bondad tomando caridad y queriendo aún más en lugar de dar a los necesitados. Quiere de los demás, aunque se niega a ayudarse a sí mismo o a los demás.

El perezoso codicia: quiere lo que no tiene y por lo que no trabajará. Codicia con avidez anhelando mucho más de lo que merece o sabe cómo usar. Lo hace todo el día, porque no está ocupado lucrativamente con negocios y proyectos como otros hombres. Sus deseos nunca se van, porque las ventajas y posesiones de los demás lo irritan constantemente.

El hombre justo es muy diferente. Dios lo ama, y él ama a Dios, y también ama a su prójimo. Trabaja fielmente todos los días para satisfacer todas sus necesidades y tener lo suficiente para dar a los verdaderamente necesitados (pero nunca a los perezosos). Cuando da, da generosamente; nunca escatima en caridad; esparce sus ganancias (Pr 11:24-26; Ec 11:1-6).

Una buena razón para trabajar duro, como lo hacen los hombres piadosos, es para sostener la obra de Dios. Esto es piedad (Ef 4:28; Lc 3:11; Sal 112:9; 1 Ti 6:17-19). A los hombres buenos les importa más dar que recibir (Hch 20:35), servir que ser servidos, amar que ser amados. Es más bienaventurado dar que recibir, aunque siete hombres no pueden convencer a un perezoso de la validez de esta regla (Pr 26:16; Hch 20:35).

Hay leyes naturales y sobrenaturales, ambas trabajan contra el perezoso; ambas trabajan a favor de los diligentes. Primero lo natural: la pereza trae pobreza y esclavitud; la diligencia trae riquezas y poder (Pr 10:4; 12:24; 13:4; 22:29). Luego lo sobrenatural: Dios obstaculiza los esfuerzos de los perezosos, pero bendice a los diligentes (Pr 15:19; 22:5; 28:20). Así, los hombres diligentes avanzan geométricamente sobre los perezosos, tal como Dios lo dispuso (Lc 19:24-27; Ec 2:26).

No hay labor que requiera más diligencia que la vida espiritual, porque todo—la carne, el mundo y el diablo—atenta contra ella a cada instante. Decide hoy pelear la buena batalla de la fe y ganar la corona de justicia, la cual te dará el Señor, juez justo, en aquel día; y no solo a ti, sino también a todos los que aman Su venida (2 Ti 4:7-8).

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